jueves, 3 de marzo de 2011

El encuentro entre Cristianos y Musulmanes (y II)

Mientras los musulmanes resolvían sus disputas internas, los bizantinos se reorganizaban ante la nueva y adversa situación que debían afrontar si pretendían mantener en pie su imperio y no ser barridos como sus antiguos enemigos los persas sasánidas durante el califato de Abu Bakr, compañero y sucesor de Mahoma. La orgullosa Constantinopla, abrumada ante la desaparición de la unidad mediterránea bajo su hegemonía, veía como en unos pocos años se había quebrantado el dominio del que había disfrutado desde que Justiniano, poco más de un siglo antes, resucitara el viejo sueño romano del Mare Nostrum, corroborado por las victorias de Heraclio en oriente apenas una generación atrás. Sus territorios y recursos habían sido considerablemente mermados, pero seguían controlando toda Asia Menor, región donde tradicionalmente obtenían la mayor parte de sus tropas, lo que significaba que podrían concentrar sus ejércitos para la defensa terrestre.
El emperador Constante, agobiado frente a la titánica tarea de atajar la sangría de su imperio, asoció al poder a su hijo Constantino, que sería conocido como Constantino IV Pogonatos, para aligerar su carga y evitar todas las controversias sobre la sucesión, pues una división similar a la que había distraído a los musulmanes era un lujo que los bizantinos no podían permitirse. Corría el año 668 cuando, agotado y triste, moría sin poder contemplar el desenlace de aquella formidable pugna entre dos mundos. Así pues, Constante y Otmán cedían el testigo a Constantino y Muawiyya , los dos nuevos gobernantes que dirimirían el resultado de este primer encuentro entre cristianos y musulmanes.

Un año más tarde, las velas de la poderosa flota árabe son divisadas desde Constantinopla. Muawiyya ordena un primer asedio para hacer una demostración de que no precisaba de conquistar Asia Menor para atacar la capital bizantina, pero la expedición también sirve para calibrar las defensas y fuerzas a las que tendría que doblegar para que los cristianos capitularan. Comprobó que el puerto estaba perfectamente defendido y que, en el cuello de botella que formaba el Cuerno de Oro, la superioridad numérica de la escuadra musulmana resultaría irrelevante. También atestiguaron que, por tierra, las legendarias murallas de Teodosio eran realmente tan formidables como su fama aseguraba. Tras esta toma de contacto, Muawiyya levanta el sitio y retira sus fuerzas. Los años siguientes los dedicaría a consolidar el dominio islámico sobre el Norte de África y a reunir todas los efectivos que pudiera permitirse pues, convencido como estaba de que oponerse a la fuerza que la fe otorgaba a sus combatientes era imposible, deseaba escuchar antes de abandonar este mundo cómo era llamado a la oración desde las torres de Constantinopla.  
Sin embargo, el envite de Muawiyya se demora hasta el 673, pero ese año lanzó un ataque sobre la Segunda Roma como no se había visto hasta entonces. Desde lo alto de las sólidas murallas, Constantino contempla las enormes fuerzas musulmanas, animadas por la moral inquebrantable que les había proporcionado sus continuas victorias, pero junto a él, parapetados tras sus invencibles bastiones, contaba con hombres aferrados a su vez a una fe tan ardiente y sólida como la de sus oponentes. El choque de fe contra fe, de ejércitos invictos ante a baluartes inexpugnados, de olas frente a rocas, no se resuelve mediante los asaltos lanzados por los atacantes, por lo que éstos deciden prolongar el asedio, marítimo y terrestre, durante tres largos años. Los musulmanes no estaban dispuestos a retirarse y cuentan con suministros traídos por mar, pero las reservas de Constantinopla van menguando alarmantemente dentro del cerco, imposible de romper por los sitiados. Constantino comienza a temer que la resistencia se desmoronará, pues, sin posibilidad de recibir refuerzos, el tiempo juega en su contra. Cada vez está más claro que los ejércitos de Muawiyya aguantarían lo que fuera necesario para rendir la ciudad, por lo que sólo asestando un golpe lo suficientemente duro como para tambalear la voluntad de los musulmanes Constantinopla lograría salvarse. Constantino necesitaba un milagro, y el milagro tomó forma en la aparición de un personaje llamado Calínico, un ingeniero sirio  que se había refugiado unos años antes en Constantinopla huyendo del implacable avance del islam. Cuando la situación comenzó a ser insostenible, el ingeniero se presentó ante el emperador poniendo a su servicio sus conocimientos, entre los que estaba el de un arma secreta que podría dar la victoria a los bizantinos. Constantino tuvo que decidir entre si Calínico, tan oportunamente surgido de la nada, era sólo un charlatán dispuesto a sacar tajada de la desesperada situación o si, como aseguraba, era depositario de un conocimiento obtenido en los antiguos tratados de la biblioteca de Alejandría antes de que ésta fuera destruida por los musulmanes. El emperador decidió dar crédito a la oferta y accede a satisfacer las peticiones del ingeniero a cambio del secreto, cerrando un acuerdo que garantizaba que únicamente Calínico y su familia fabricarían en exclusiva para los bizantinos la nueva arma, pero conservando celosamente la técnica de su elaboración.
La naturaleza de la nueva arma resultó ser de lo más inesperada: se trataba de una mezcla inflamable en contacto con el aire, e incluso con el agua, que producía devastadoras explosiones y espesas humaredas tóxicas. El sistema para proyectar esta mezcla hacia el enemigo nos es suficientemente conocido  pero, siguiendo las indicaciones de Calínico, se colocaron en la proa de las embarcaciones una especie de bombas impulsoras acopladas a unas tuberías desde las que era lanzada la fórmula, que inmediatamente comenzaba a arder, quedando adherida a los materiales inflamables allá donde cayera y siendo prácticamente imposible extinguir su llama. También se colocaron algunos de estos ingenios en las murallas y se rellenaron con esta sustancia ollas de barro que eran arrojadas sobre las filas enemigas desde lo alto.


En el año 677, los bizantinos emplearon por primera vez en combate la nueva arma en la batalla de Silea, causando un devastador efecto sobre los mahometanos; el pánico y el desconcierto acompañaban cada aparición de lo que, desde entonces, los musulmanes bautizaron como "fuego griego". Las naves bizantinas abandonaron la seguridad del Cuerno de Oro armadas con el fuego griego, causando estragos entre la numerosa armada enemiga, que ardía a su paso. Tras las estelas de los barcos cristianos quedaban los marineros musulmanes que, convertidos en antorchas vivientes, no hallaban fin a su agonía ni entre las aguas donde se arrojaban, donde las terribles llamas cobraban nueva voracidad.
Tras varias batallas navales y sufrir miles de bajas, los supervivientes de la armada islámica recibieron la orden de retirarse y levantar el sitio de la ciudad. Finalmente, en el 678, Muawiyya tuvo que resignarse a aceptar que el fuego griego había consumido su sueño de ser recordado como aquel que doblegó las defensas de Bizancio, aunque consolándose con la idea de que las conquistas de sus hermanos estaban lejos de concluir. Por el contrario, Constantino había logrado evitar que fuera su familia, la estirpe de Heraclio, la que contemplara la caída de Constantinopla, consiguiendo una victoria indiscutible y una ventaja táctica que aseguró el reverdecimiento de los marchitos laureles bizantinos durante los siglos siguientes.

lunes, 21 de febrero de 2011

El encuentro entre Cristianos y Musulmanes (I)

Durante el siglo VII, el imperio bizantino se conmovía ante la imparable ola de conquistas musulmanas que le había arrebatado en apenas unas décadas las antiguas posesiones romanas en Africa (Egipto, Cirenaica, Trípolitania y Túnez) para posteriormente avanzar de manera fulgurante a través de las provincias de Oriente Medio como consecuencia del descalabro militar bizantino sufrido en Palestina a orillas del río Yarmuk en el año 635. Para intentar recuperarse, el emperador Constante II organizó una expedición naval con objeto de recuperar Egipto, el tradicional granero del Imperio desde los tiempos de Augusto, llegando incluso a reconquistar brevemente Alejandría en el 645 antes de que los árabes enviaran refuerzos para expulsar definitivamente a los bizantinos. Pese al fracaso, el contraataque de Constante hizo que el califa Otmán (o Utmán), se percatara de la necesidad de disponer de una flota capaz de neutralizar el dominio naval bizantino en el Mediterráneo. Los árabes tenían una escasa tradición marinera, pero para entonces contaban con la de algunos de los pueblos que habían caído bajo su dominio, como los alejandrinos o las ciudades del Mediterráneo oriental. El escogido para organizar la marina musulmana fue el general Muawiyya (conocido también como Amir al-Muminin, que llegaría, unos años más tarde, a convertirse en el primer califa omeya), que empezó a operar con la nueva armada en sendas y exitosas campañas de conquista sobre Chipre y Rodas en el 649, año en el que también realizaron incursiones en Creta, Sicilia y diferentes plazas bizantinas en Anatolia como preámbulo del  inminente avance de los ejércitos musulmanes sobre Asia Menor.



Constante, en medio de la hasta entonces mayor crisis del Imperio de Oriente, hacía acopio de fuerzas y apresura el refuerzo de las defensas de las ciudades más importantes de Asia Menor, procurando armas y alimentos para sus arsenales y graneros de sus plazas mientras asiste impotente a la caída en poder de los árabes de Armenia, en el 652, tras diez años de resistencia. No obstante, el emperador, sabiéndose en inferioridad en tierra, sigue confiando en que la destreza y oficio de la marina bizantina se impondrá a la superioridad numérica de la escuadra árabe que comienza a disputar el control de las aguas. En el 655, ambas flotas se encuentran frente a las costas de Licia, donde Constante en persona asume el mando de sus naves durante el gran combate naval, pero al final de la jornada, ante lo incierto de la batalla, ordena la retirada de los restos de la escuadra bizantina, sabiendo que desde ese momento, la misma Constantinopla se encontraría directamente amenazada. La muerte del califa Otmán origina numerosos desórdenes internos entre las diferentes facciones que se disputaban el poder absoluto del mundo islámico debido a la carencia de normas estables que regularan la sucesión, lo que concede a los bizantinos el tiempo necesario para recuperar el aliento reorganizando sus fuerzas y elaborando la estrategia defensiva que opondría a los invencibles musulmanes. Tras dos años de gobierno del califa Ali Ibn Abu Talib, el último allegado de Mahoma en la tribu quraisí, y un periodo de enfrentamientos civiles, el poder queda en el 661definitivamente bajo el control de Muawiyya, el militar de más prestigio tras las victorias de la armada musulmana. Consciente de que las disputas por el poder musulmán habían privado a sus ejércitos de aprovechar el encuentro naval de Licia, Muawiyya resuelve que la sucesión pasaría a tener carácter hereditario, lo cual se reforzaría con la elección de una sede permanente para el poder: Damasco. 
Se iniciaba así una nueva época en la historia del Islam conocida como el califato de los Omeyas.

lunes, 31 de enero de 2011

Gladiadores: el mirmillón

El myrmillo es un tipo de gladiador cuyas primeras referencias se remontan a los últimos tiempos de la república romana, a mediados del siglo I a. C., aunque es posible que derivara de una clase de combatiente anterior, denominada galo (gallus),a la que deja de hacerse referencia precisamente en la época en que surgen los mirmillones.
El nombre suele asociarse al de un pez no identificado llamado mormylos, cuya aleta dorsal evocaba la cresta del casco de los mirmillones, aunque también se ha propuesto la posibilidad de relacionarlo con las caracolas (murex), aludiendo también a la forma del yelmo. En función del escudo que portaban, estos gladiadores podían denominarse scutarii
El equipo del mirmillón, pesado y de caracter predominantemente defensivo, era similar al de los legionarios del ejército romano contemporáneo a su aparición, con un gran escudo de madera (scutum), inicialmente ovalado y posteriormente rectangular, cuya forma recuerda la de una teja, y una espada corta de doble filo y hoja recta (gladius), también empleada en las legiones.
La espada (gladius), corta, de doble filo y hoja recta, también era la empleada en las legiones, y al ser la única arma netamente ofensiva con la que contaba el mirmillón, debía conservarse a toda costa para tener opciones de vencer al oponente. Sindo así, estaba atada a la muñeca derecha mediante correas de cuero con objeto de poder recuperarla rápidamente si caía de la mano del luchador. El gladio estaba diseñado para lanzar estocadas con la punta, por lo que la extremidad que la empuñaba, frecuentemente expuesta durante el combate, se protegía con un guardabrazo acolchado de tela o lana (manica) fijado con bandas de lino que, con el tiempo, fue modificándoase hasta estar formado por láminas o escamas metálicas.
Para hacer más igualados los combate, que acostumbraban emparejarlos con luchadores más ligeros, y compensar la gran protección que le brindaba el escudo, el mirmillón únicamente contaba con un calzón corto triangular (subligaculum), sujeto por un cinturón ancho (balteus), para cubrir el tronco. La pierna izquierda, que se adelantaba tras el escudo, estaba cubierta por una espinillera  corta de bronce (ocrea), fijada a la pierna con correas pasadas por anillas y que, dependiendo del prestigio del portador, podía estar adornada con relieves que realzaban la presencia del gladiador. Bajo esta greba, así como en la pierna derecha, solían colocarse protecciones acolchadas similares a la del brazo derecho, que iban desde la rodilla hasta el pie para proporcionar una defensa adicional.
Sin duda, la pieza más espectacular del equipo de estos luchadores era el yelmo (galea), fabricado generalmente en una sola pieza de bronce pulido y cubría completamente la cabeza disponiendo de viseras anchas y un reborde que protegía la garganta. En la parte superior se encajaba una gran cresta, también metálica, que acostumbraba a estar adornada con escenas o animales en relieve y se coronaba con un penacho de crin de caballo o plumas. El rostro del gladiador quedaba oculto detrás de dos placas provistas de rejillas para los ojos en forma de orificios redondos y sujetas con bisagras a los laterales del armazón del casco. Algunos cascos contaban incluso con unos cilindros a ambos lados de la cresta para colocar sendos penachos de coloridas plumas de aves (cristaes). Se estima que el peso total de la panoplia del mirmillón era de unos 18 kilos, configurándolo como una clase de luchador pesada, aunque de reducida movilidad y agilidad.
Los enfrentamientos entre gladiadores buscaban, además del espectáculo brindado por la destreza y vistosidad de los combatientes, la igualdad que permitiera que todos los participantes tuvieran posibilidades de vencer. Para compensar los puntos fuertes y débiles  de cada clase, los emparejamientos acostumbraban a estar predefinidos, aunque podían variar en función de la evolución del equipo o la moda y gustos de la época. Así, el contrincante habitual del mirmillón era el tracio (thraex) y, en alguna ocasión, el hoplómaco (hoplomachus) y, más raramente, el reciario (retiarius).


El mirmillón fue uno de las clases de gladiadores más populares y estables a través de los siglos hasta la definitiva prohibición de los combates por el emperador Honorio en el año 404,hasta el punto de que, incluso hoy en día, su imagen es una de las que acuden a nuestra mente cuando rememoramos las luchas en los anfiteatros romanos.

lunes, 24 de enero de 2011

El Gallo de Honorio

En el verano del año 410, Alarico llevaba ya unas semanas a las puertas de Roma sin poder rendirla. Buscando una manera de acabar rápidamente con el sitio, ideó  una ingeniosa estratagema que consistía en enviar una embajada al Senado para transmitir su admiración personal por la lealtad mostrada por el pueblo de Roma hacia su emperador, refugiado en la inexpugnable ciudad de Rávena, así como por el valor demostrado en la defensa de la capital de la mitad occidental del imperio. Como muestra de ello, Alarico deseaba obsequiar a los nobles senadores con trescientos jóvenes godos, escogidos por su belleza, que serían entregados en calidad de esclavos,  además de la promesa de levantar el sitio y marchar hacia el norte. Los vanidosos senadores aceptaron gustosos el presente y observaron jocosos como Alarico se alejaba con todo su ejército. En realidad, los jóvenes tenían instrucciones de mostrarse gentiles y solícitos con sus nuevos "amos" hasta que llegara un día concreto, previamente convenido, en el que todos acudirían a la Porta Salaria, matarían a sus guardianes y la abrirían para dejar paso a las hordas de Alarico, que habían regresado paulatínamente en pequeños grupo y que estarían ocultas en el exterior.      
El plan salió a la perfección, y los godos tomaron Roma, saquearon sus tesoros y pasaron por el filo de la espada a gran parte de la población. Ningún pueblo bárbaro había conseguido rendir la ciudad de las siete colinas desde los tiempos de Breno, que acaudillando a la tribu gala de los senones lo había logrado en el 387 a. C., es decir, casi 800 años. El impacto de este hecho fue enorme y resultó crucial para encaminar definitivamente al imperio occidental haccía su desaparición.

Cuando el joven emperador Honorio fue informado de que Roma había caído en su palacio de Rávena,  palideció y, tambaleándose, se dirigió balbuceando a uno de sus eunucos, encargado del cuidado de las apreciadísimas aves exóticas a las que era aficionado, diciendo- "¡Y, sin embargo, hace un momento que ha comido de mi mano!".
Honorio se refería a una rara y costosa ave de las que conformaban su colección, concretamente a un gallo de gran tamaño, cuyo nombre era Roma. El eunuco se percató de la confusión del emperador y le aclaró que la noticia se refería a la ciudad de Roma. El rostro Honorio fue recuperando su color y las fuerzas regresaron a sus miembros, tras lo cual comentó- "Pero yo, amigo mío, había pensado que era mi gallo Roma el que había muerto."

viernes, 14 de enero de 2011

El fin del Antiguo Régimen francés

Los Estados Generales eran convocados por el rey generalmente en tiempos de inestabilidad o crisis para respaldar alguna reforma que deseaba instaurar y que, por norma general, podía soliviantar a algún sector de la sociedad. Los Estados Generales estaban conformados por tres estamentos o poderes.

- El Primer Poder representaba al clero, aunque lo dirigían las grandes jerarquías de la iglesia
- El Segundo Poder lo conformaba la nobleza en general, pero siguiendo los dictados de la vieja casta nobiliaria.
- El Tercer Poder lo constituían los representantes de las ciudades, generalmente encabezado por la alta burguesía y los grandes terratenientes, carentes de privilegios más allá de los que les proporcionara su propia riqueza.

Tradicionalmente, el rey se apoyaba en los dos primeros poderes, y éstos, a cambio, conseguían mantener o incrementar sus privilegios, entre los que estaban el no pagar impuestos. En el caso de la Francia del siglo XVIII, y a pesar de que el Primer Estado representaba al 1% de la población y el Segundo Estado alrededor de 4%, las votaciones de la asamblea se hacían por estamentos, por lo que bastaba la unión entre el clero y la nobleza para cerrar el paso a las propuestas del Tercer Estado, representante de 95% de los habitantes del país.


Luis XVI convocó los Estados Generales el 5 de Mayo de 1789 para aplacar los disturbios provocados por su política fiscal,endurecida tras los gastos que supuso el apoyo a los revolucionarios de las colonias norteamericanas de Inglaterra, pero esta vez el Tercer Estado estaba dispuesto a aprovechar la crisis para mejorar su estatus solicitando el cambio del sistema de votación, proponiendo que pasara detener caracter estamental a individual, lo que les daría posibilidades de lograr la mayoría en la asamblea simplemente por contar con el mayor número de componentes en la asamblea. La negativa de los otros dos poderes y las presiones del rey para que renunciaran a sus pretensiones provocó que los miembros del Tercer Poder decidieran escindirse de los Estados Generales y autoproclamarse Asamblea Nacional en compañía de algunos miembros del bajo clero y la pequeña nobleza, tomando como nuevo objetivo redactar una constitución para Francia. Esta ruptura significó el inicio de la Revolución que acabaría con la por entonces monarquía más antigua de Europa.

lunes, 3 de enero de 2011

Paolo y Francesca

"Amor, que al amado a amar obliga,
me ató a ese placer con tanta fuerza,
que según tú ves aún no me libero.

Y así por amor fuimos a la muerte:
la Caína espera a quien lo hizo".
Son estas las palabras que dijeron.

Al oír a aquellas almas aquejadas,
bajé la faz y baja la mantuve
hasta que el poeta: "¿Qué piensas?" dijo.

Fue esta mi respuesta: "¡Oh miseria,
cuánto dulce pensar, cuánto deseo
la causa fue del doloroso paso!"

Me volví en tanto para hablarles;
y así dije: "Francisca, tus martirios,
triste y con piedad lagrimear me hacen.

Mas di: cuando el dulce suspirar,
¿en qué y cómo permitió amor
que el incierto deseo conociérais?"

Y ella a mí: "Y no hay dolor más grande
que de los felices días el recuerdo
si hay pena; bien lo sabe tu maestro.

Pero si conocer el nacimiento
de nuestro amor tanto te interesa,
ya, presa del llanto, he de decirlo:

Pues que por placer leíamos cómo
fue del amor esclavo Lanzarote:
sin recelo en soledad estábamos.

Más de una vez los ojos la lectura
suspendieron, demudado el rostro;
mas hecho hubo que logró vencernos.

Al leer que la sonrisa ansiada
el beso recibió de aquel amante,
él, que nunca de mí apartado sea,

temblando en la boca me besó.
Galeoto y el autor el libro fue:
y ya nunca la lectura proseguimos".

Y si una de las almas lo decía,
otra lloraba; así que piedad
hizo que yo la muerte ya sintiera,
y caí como el cuerpo muerto cae.


Dante Alighieri. Divina Comedia, Canto V 103-142.


Este estracto de la Divina Comedia que habla de Paolo y Fracesca, los amantes asesinados por Gianciotto, marido de ella y hermano de él. Los tres eran importantes personajes de la Romaña del siglo XIII por lo que el adulterio debió de ser un escándalo enorme. Francesca era hija de Guido da Polenta, señor de Rávena y fue casada con Gianciotto Malatesta, señor de Rímini, para acercar a las dos ciudades más importantes de la costa italiana del Adriático en las proximidades de Venecia. Gianciotto no era muy agraciado, y además, Francesca, como casi todas las mujeres de las grandes familias de la época, había sido utilizada como una simple prenda en los acuerdos políticos entre su padre y su esposo. Todo facilitó que ella se enamorara de su cuñado Paolo, al parecer mucho más apuesto que su hermano. El marido los pilló con las manos en la masa y los mató a ambos. Dante, exiliado en Rávena sin posibilidad de regresar a su amada Florencia, se relecionaba con la familia de Francesca y conoció de cerca los detalles de este asunto, así que se los encuentra en su viaje por el infierno como almas condenadas en el círculo de los lujuriosos, donde rememora el desafortunado adulterio.