En el verano del año 410, Alarico llevaba ya unas semanas a las puertas de Roma sin poder rendirla. Buscando una manera de acabar rápidamente con el sitio, ideó una ingeniosa estratagema que consistía en enviar una embajada al Senado para transmitir su admiración personal por la lealtad mostrada por el pueblo de Roma hacia su emperador, refugiado en la inexpugnable ciudad de Rávena, así como por el valor demostrado en la defensa de la capital de la mitad occidental del imperio. Como muestra de ello, Alarico deseaba obsequiar a los nobles senadores con trescientos jóvenes godos, escogidos por su belleza, que serían entregados en calidad de esclavos, además de la promesa de levantar el sitio y marchar hacia el norte. Los vanidosos senadores aceptaron gustosos el presente y observaron jocosos como Alarico se alejaba con todo su ejército. En realidad, los jóvenes tenían instrucciones de mostrarse gentiles y solícitos con sus nuevos "amos" hasta que llegara un día concreto, previamente convenido, en el que todos acudirían a la Porta Salaria , matarían a sus guardianes y la abrirían para dejar paso a las hordas de Alarico, que habían regresado paulatínamente en pequeños grupo y que estarían ocultas en el exterior.
El plan salió a la perfección, y los godos tomaron Roma, saquearon sus tesoros y pasaron por el filo de la espada a gran parte de la población. Ningún pueblo bárbaro había conseguido rendir la ciudad de las siete colinas desde los tiempos de Breno, que acaudillando a la tribu gala de los senones lo había logrado en el 387 a. C., es decir, casi 800 años. El impacto de este hecho fue enorme y resultó crucial para encaminar definitivamente al imperio occidental haccía su desaparición.
Cuando el joven emperador Honorio fue informado de que Roma había caído en su palacio de Rávena, palideció y, tambaleándose, se dirigió balbuceando a uno de sus eunucos, encargado del cuidado de las apreciadísimas aves exóticas a las que era aficionado, diciendo- "¡Y, sin embargo, hace un momento que ha comido de mi mano!".
Honorio se refería a una rara y costosa ave de las que conformaban su colección, concretamente a un gallo de gran tamaño, cuyo nombre era Roma. El eunuco se percató de la confusión del emperador y le aclaró que la noticia se refería a la ciudad de Roma. El rostro Honorio fue recuperando su color y las fuerzas regresaron a sus miembros, tras lo cual comentó- "Pero yo, amigo mío, había pensado que era mi gallo Roma el que había muerto."

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