Mientras los musulmanes resolvían sus disputas internas, los bizantinos se reorganizaban ante la nueva y adversa situación que debían afrontar si pretendían mantener en pie su imperio y no ser barridos como sus antiguos enemigos los persas sasánidas durante el califato de Abu Bakr, compañero y sucesor de Mahoma. La orgullosa Constantinopla, abrumada ante la desaparición de la unidad mediterránea bajo su hegemonía, veía como en unos pocos años se había quebrantado el dominio del que había disfrutado desde que Justiniano, poco más de un siglo antes, resucitara el viejo sueño romano del Mare Nostrum, corroborado por las victorias de Heraclio en oriente apenas una generación atrás. Sus territorios y recursos habían sido considerablemente mermados, pero seguían controlando toda Asia Menor, región donde tradicionalmente obtenían la mayor parte de sus tropas, lo que significaba que podrían concentrar sus ejércitos para la defensa terrestre.
El emperador Constante, agobiado frente a la titánica tarea de atajar la sangría de su imperio, asoció al poder a su hijo Constantino, que sería conocido como Constantino IV Pogonatos, para aligerar su carga y evitar todas las controversias sobre la sucesión, pues una división similar a la que había distraído a los musulmanes era un lujo que los bizantinos no podían permitirse. Corría el año 668 cuando, agotado y triste, moría sin poder contemplar el desenlace de aquella formidable pugna entre dos mundos. Así pues, Constante y Otmán cedían el testigo a Constantino y Muawiyya , los dos nuevos gobernantes que dirimirían el resultado de este primer encuentro entre cristianos y musulmanes.
Un año más tarde, las velas de la poderosa flota árabe son divisadas desde Constantinopla. Muawiyya ordena un primer asedio para hacer una demostración de que no precisaba de conquistar Asia Menor para atacar la capital bizantina, pero la expedición también sirve para calibrar las defensas y fuerzas a las que tendría que doblegar para que los cristianos capitularan. Comprobó que el puerto estaba perfectamente defendido y que, en el cuello de botella que formaba el Cuerno de Oro, la superioridad numérica de la escuadra musulmana resultaría irrelevante. También atestiguaron que, por tierra, las legendarias murallas de Teodosio eran realmente tan formidables como su fama aseguraba. Tras esta toma de contacto, Muawiyya levanta el sitio y retira sus fuerzas. Los años siguientes los dedicaría a consolidar el dominio islámico sobre el Norte de África y a reunir todas los efectivos que pudiera permitirse pues, convencido como estaba de que oponerse a la fuerza que la fe otorgaba a sus combatientes era imposible, deseaba escuchar antes de abandonar este mundo cómo era llamado a la oración desde las torres de Constantinopla.
Sin embargo, el envite de Muawiyya se demora hasta el 673, pero ese año lanzó un ataque sobre la Segunda Roma como no se había visto hasta entonces. Desde lo alto de las sólidas murallas, Constantino contempla las enormes fuerzas musulmanas, animadas por la moral inquebrantable que les había proporcionado sus continuas victorias, pero junto a él, parapetados tras sus invencibles bastiones, contaba con hombres aferrados a su vez a una fe tan ardiente y sólida como la de sus oponentes. El choque de fe contra fe, de ejércitos invictos ante a baluartes inexpugnados, de olas frente a rocas, no se resuelve mediante los asaltos lanzados por los atacantes, por lo que éstos deciden prolongar el asedio, marítimo y terrestre, durante tres largos años. Los musulmanes no estaban dispuestos a retirarse y cuentan con suministros traídos por mar, pero las reservas de Constantinopla van menguando alarmantemente dentro del cerco, imposible de romper por los sitiados. Constantino comienza a temer que la resistencia se desmoronará, pues, sin posibilidad de recibir refuerzos, el tiempo juega en su contra. Cada vez está más claro que los ejércitos de Muawiyya aguantarían lo que fuera necesario para rendir la ciudad, por lo que sólo asestando un golpe lo suficientemente duro como para tambalear la voluntad de los musulmanes Constantinopla lograría salvarse. Constantino necesitaba un milagro, y el milagro tomó forma en la aparición de un personaje llamado Calínico, un ingeniero sirio que se había refugiado unos años antes en Constantinopla huyendo del implacable avance del islam. Cuando la situación comenzó a ser insostenible, el ingeniero se presentó ante el emperador poniendo a su servicio sus conocimientos, entre los que estaba el de un arma secreta que podría dar la victoria a los bizantinos. Constantino tuvo que decidir entre si Calínico, tan oportunamente surgido de la nada, era sólo un charlatán dispuesto a sacar tajada de la desesperada situación o si, como aseguraba, era depositario de un conocimiento obtenido en los antiguos tratados de la biblioteca de Alejandría antes de que ésta fuera destruida por los musulmanes. El emperador decidió dar crédito a la oferta y accede a satisfacer las peticiones del ingeniero a cambio del secreto, cerrando un acuerdo que garantizaba que únicamente Calínico y su familia fabricarían en exclusiva para los bizantinos la nueva arma, pero conservando celosamente la técnica de su elaboración.
La naturaleza de la nueva arma resultó ser de lo más inesperada: se trataba de una mezcla inflamable en contacto con el aire, e incluso con el agua, que producía devastadoras explosiones y espesas humaredas tóxicas. El sistema para proyectar esta mezcla hacia el enemigo nos es suficientemente conocido pero, siguiendo las indicaciones de Calínico, se colocaron en la proa de las embarcaciones una especie de bombas impulsoras acopladas a unas tuberías desde las que era lanzada la fórmula, que inmediatamente comenzaba a arder, quedando adherida a los materiales inflamables allá donde cayera y siendo prácticamente imposible extinguir su llama. También se colocaron algunos de estos ingenios en las murallas y se rellenaron con esta sustancia ollas de barro que eran arrojadas sobre las filas enemigas desde lo alto.
En el año 677, los bizantinos emplearon por primera vez en combate la nueva arma en la batalla de Silea, causando un devastador efecto sobre los mahometanos; el pánico y el desconcierto acompañaban cada aparición de lo que, desde entonces, los musulmanes bautizaron como "fuego griego". Las naves bizantinas abandonaron la seguridad del Cuerno de Oro armadas con el fuego griego, causando estragos entre la numerosa armada enemiga, que ardía a su paso. Tras las estelas de los barcos cristianos quedaban los marineros musulmanes que, convertidos en antorchas vivientes, no hallaban fin a su agonía ni entre las aguas donde se arrojaban, donde las terribles llamas cobraban nueva voracidad.
Tras varias batallas navales y sufrir miles de bajas, los supervivientes de la armada islámica recibieron la orden de retirarse y levantar el sitio de la ciudad. Finalmente, en el 678, Muawiyya tuvo que resignarse a aceptar que el fuego griego había consumido su sueño de ser recordado como aquel que doblegó las defensas de Bizancio, aunque consolándose con la idea de que las conquistas de sus hermanos estaban lejos de concluir. Por el contrario, Constantino había logrado evitar que fuera su familia, la estirpe de Heraclio, la que contemplara la caída de Constantinopla, consiguiendo una victoria indiscutible y una ventaja táctica que aseguró el reverdecimiento de los marchitos laureles bizantinos durante los siglos siguientes.




